LOS ATAQUES AL PAPA Y A LA IGLESIA
El día de su cumpleaños, el Santo Padre compartió algunos datos muy personales y significativos que nos ayudan a entender de dónde le viene la fuerza para soportar la incomprensión y aun la persecución. El pontífice dijo que Santa Bernadette, la vidente de Lourdes, y San Benito José Labre, un santo del siglo XVII conocido como el “peregrino de los mendigos”, son las dos figuras de referencia que ha tenido desde pequeño. Expresó que Santa Bernardette Subirous, la vidente de las apariciones de Lourdes, “ha sido siempre para mí un signo (…) de cómo deberíamos ser. Del hecho que con todo el saber y el hacer, que son necesarios, no debemos perder el corazón sencillo, la mirada simple del corazón, capaz de ver lo esencial”. Añadió que Bernardette “sabía ver” lo que la Virgen le señalaba: “la fuente de agua viva, pura”. Agua que es imagen “de la verdad que viene a nuestro encuentro en la fe, de la verdad no disimulada y no contaminada”. Porque “para poder vivir, para poder llegar a ser puros, necesitamos que en nosotros nazca la nostalgia de la vida pura, de la verdad verdadera, de lo no contaminado por la corrupción, del ser humanos sin pecado”.
Asimismo, reflexionó sobre la figura de San Benito José Labre, fallecido un 16 de abril y con quien comparte el nombre de Papa y el de pila. Benito José es un santo que tiene su particularidad en el hecho que «no quiere hacer otra cosa que rezar y dar testimonio sobre aquello que cuenta” en la vida: Dios. No “un ejemplo a emular”, sino como “un dedo que indica lo esencial”: que solo Dios “basta” y que quien “se abre a Dios no se aleja del mundo ni de los hombres porque encuentra hermanos, porque en Dios caen todas las fronteras, porque solo Dios puede eliminar las fronteras porque para Dios, todos somos hermanos, hacemos parte los unos de los otros, que la unicidad de Dios significa al mismo tiempo la hermandad y la reconciliación de los hombres, el desmantelamiento de las fronteras que nos unen y nos curan”». De estos dos humildes santos, el humilde Papa ha tomado la fuerza para enfrentar una serie de ataques de quien se esperaba de él “mano dura” y “un enderezamiento doctrinal”, además de una reafirmación de la identidad cristiana europea de frente al islam. Si para la izquierda es considerado demasiado vuelto al pasado e incapaz de leer las señales de los tiempos, la derecha lo juzga demasiado débil.
Pero eso no es todo. En la homilía de la Misa crismal del Jueves Santo, el Papa compartió su dolor cuando mencionó la profunda crisis que estamos viviendo como Iglesia y que ahora hiere su corazón pues la amenaza viene de un grupo de sacerdotes austríacos y alemanes. Benedicto XVI la llamó situación «dramática» pues a la flagelación del escándalo de pederastia y abusos sexuales, se suma ahora el cisma silencioso de los llamamientos a la desobediencia. Estos hermanos insisten en el tan trillado tema de conceder el sacerdocio a las mujeres y la abolición del celibato, pero de fondo está también el no menos repugnante afán de hacer carrera, desgraciadamente difundido entre algunos eclesiásticos, por las fugas de documentos y por las grietas en la organización del aparato de la Curia Vaticana. Sin acobardarse ante los lobos que aúllan, el Papa sigue llamando a la conversión, a la penitencia y a la humildad y enfatiza: «la desobediencia, ¿es un camino para renovar la Iglesia? Queremos creer a los autores de esta llamada cuando afirman que les mueve la solicitud por la Iglesia; su convencimiento de que se deba afrontar la lentitud de las instituciones con medios drásticos para abrir caminos nuevos, para volver a poner a la Iglesia a la altura de los tiempos. Pero la desobediencia, ¿es verdaderamente un camino? ¿Se puede ver en esto algo de la configuración con Cristo, que es el presupuesto de toda renovación, o no es más bien sólo un afán desesperado de hacer algo, de trasformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?»
El Santo Padre ha pronunciado palabras duras, dramáticas y realistas sobre la situación y, no obstante, no ha dejado de mostrarse apacible y sereno incluso durante la tempestad y reconoce: «los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo llegan desde fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia vienen precisamente de su interior, del pecado que existe en la Iglesia. Esto también se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de una manera realmente aterradora: que la mayor persecución de la Iglesia no proviene de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia por lo tanto tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación».
P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.
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