sábado, 2 de junio de 2012

Cómo administrar las tensiones

Administrar las tensiones


Hans Zollner

La vocación no es el ingreso en una second life, sino a la vida real. Para permanecer en ella, afrontar las tensiones espirituales, comunitarias y psíquicas significa captar, aceptar, elaborar. Los ejemplos han ya explicado el sentido de estos tres verbos. Algunos ideas conclusivas.

 En cada tensión se mueven elementos psíquicos, comunitarios y espirituales. Cada persona debe individuar su capacidad para soportar, entre un “demasiado” y un “demasiado poco”.

 Evitar las tensiones significa perder una oportunidad. Huir de las personas que nos rompen los nervios, posponer hasta el infinito decisiones importantes, arrastrar ansias... congela el crecimiento y el aprendizaje. Cuando existe una tensión es útil recordar que tenemos delante de nosotros, no solamente una situación difícil sino el surgir de un nuevo horizonte de significado o para profundizar ulteriormente.

 Remover tensiones o trasladarlas hacia otro objeto, mezcla irremediablemente sus componentes espirituales, comunitarios psíquicos. No se logra nunca más dar un nombre a lo que está sucediendo. Y después, no se pueden negar impunemente: regresarán en forma más marcada y como fuente de amargura, privadas de su oportunidad de agrandar el corazón y hacerlo más amante.

 Para integrar el polo “negativo” (los dilemas de Erikson) y no caer en la desilusión, es necesario aceptar la crisis como componente del vivir, sin agregar inmediatamente la previsión automática del tener que sucumbir.

Permanecer también delante del polo negativo ofrece el descubrimiento cautivante de que aquello que parecía una derrota se ha revelado también como un descubrimiento para vivir en forma más libre consigo mismo y con los otros. Hay aquí, aquella conexión interesante entre salud y religión que muchos estudios han evidenciado y sobre la que la vida vocacional es un excelente gimnasio.

 Soportar las tensiones no es solamente una cuestión de resistencia psicológica. Se necesita una motivación que nos permita tolerar el reconocerse contemporáneamente seguros y perplejos, competentes y en culpa, unidos y separados... Últimamente es una motivación religiosa. Los consagrados tienen delante de sí una cumbre: Dios. Si no saben cuál es la cumbre, el ponerse en movimiento es ya fatigoso y el primer obstáculo provoca el deseo de volver atrás. A esta cumbre nos conduce una Guía que nos ha demostrado, con su muerte y resurrección, cómo afrontar las tensiones del camino.

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