El lado psíquico: las tensiones inherentes a la misión
Hans Zollner
Iniciativa-culpaLa intensidad con la que se responde a la llamada de Dios depende también de la disponibilidad para arriesgar y tomar iniciativas por un ideal radical y nuevo, que supera los habituales (y rutinarios) horizontes de vida. Este “éxodo” activa la tensión inherente al conflicto iniciativa-culpa (3). Ésta comporta la capacidad de balancear la constancia en los propósitos con el tacto y la discreción, la firmeza en las decisiones con la empatía, la perseverancia con el error. Cuando pierdo o fallo, ¿soy todavía capaz de mirar a los otros a los ojos? En la culpa, ¿Dios permanece como un padre pronto a perdonar o se vuelve un juez severo frente al cual es mejor no arriesgar mucho?
La Hna. Mónica, 32 años, cuando terminó los estudios de teología fue destinada a la Casa Madre donde, desde hace años, nada ha cambiado salvo el envejecimiento de las hermanas. Debería sustituir a la superiora que tiene ya más de setenta años y hay muchas expectativas puesta en ella. Mónica quisiera un servicio pastoral más cercano a los pobres, también según el carisma originario de la congregación: sobre ello tiene un proyecto pensado durante los años deestudios. Está en la duda. “¿Es justo dejar a las hermanas de la comunidad libradas a sus propios cuidados?”, “¿mi proyecto con los pobres es auténtico o estoy siguiendo solamente un interés personal?”, “Ante Dios, ¿qué cosa quisiera elegir?”.
Pasaje determinante: se necesitaría ayudar a Mónica a encontrar su lugar en la vida, aquello que mayormente le permita amar con todo el corazón, más allá que el puesto sea en la comunidad con las hermanas o en el servicio a los pobres. Si en cambio, se hace de la cuestión un problema sobre el puesto que se debe ocupar, permanece no resuelta en Mónica la tensión entre seguir la propia búsqueda, pero sintiéndose en culpa, o adaptarse, pero sin espíritu de iniciativa.
Identidad-difusión de roles
Este conflicto (5) refiere a la capacidad de mantener -y recuperar en el tiempo del extravío – una identidad estable de sí sin la cual no hay evolución del Yo sino un enajenamiento de si mismo. La lucha por la identidad propone varias preguntas: ¿cómo permanecer “uno y unido” en la dispersión de la vida? ¿Hago lo que cuenta y permanece, o lo que gusta y pasa? ¿Atraigo a las personas por aquello que yo soy o porque lo finjo? En una perspectiva cristiana, ¿me siento dividido entre el ser cristiano y el ser hombre/mujer, o siento que mi realización deriva del haber sabido crear un círculo virtuoso entre
el proceso de perderse y aquel de encontrarse?El P. Ricardo, 45 años, desde hace 7 años es rector de un santuario. Amado y buscado por la gente, sabe escucharla y aconsejarla, a veces hasta tarde en a noche. Desde hace tiempo no tiene más espacio para sí y para la oración personal. Comienza a sentirse vacío. Tiene la impresión de vivir de rentas, pero se está dando cuenta que las provisiones ya se están acabando. No “siente” más como antes lo que está haciendo. “Me parece de ser como un actor que repite a memoria su rol. No se más donde estoy”.
Pasaje determinante: el P. Ricardo tiene necesidad de tomar distancia de su trabajo, no porque esté agotado o en crisis, sino para abrir un próximo estadio de vida, aquel en el que pueda encontrar una nueva y más profunda circularidad entre el perderse y el encontrarse. Después de años de trabajo no es fácil descubrir una nueva forma de ser ante sí mismo y ante Dios. Más que recuperar las fuerzas y descansar, para el P. Ricardo se trata de aprender qué cosa él puede dar como persona y no como rector de un santuario, el incansable rector.
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Tomado de la revista: Tredimensioni
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